Decisiones concretas, horarios reales y lo que aprendimos al recorrer el Périgord Negro durante siete días.
Cuando planeamos la primera semana de reportajes, sabíamos que el mayor riesgo era querer abarcar demasiado. Entre Sarlat, Beynac y La Roque-Gageac hay más de cuarenta kilómetros de carretera serpenteante, y cada pueblo pide al menos una mañana para ser visto con calma. Al final, optamos por un ritmo lento: un mercado, un castillo y una ruta de senderismo por día, con las tardes libres para entrevistas y notas de campo.
El primer día lo dedicamos al mercado de Sarlat. Llegamos a las ocho de la mañana, cuando los puestos de foie gras y nueces apenas comenzaban a montarse. La lección fue clara: si quieres hablar con los productores sin prisas, hay que estar antes de que llegue el grueso de los visitantes. A las diez, la plaza ya era un hervidero y las conversaciones se volvían imposibles. Esa decisión de madrugar marcó el tono de toda la semana.
Lo que funcionó y lo que ajustamos
El segundo día intentamos visitar dos castillos en una sola jornada. Fue un error que corregimos rápido. Castelnaud merece una mañana entera, no solo por las salas de armas, sino por las vistas al valle del Dordoña. Beynac, al otro lado del río, pide otra visita completa. A partir de ahí, establecimos una regla sencilla: un castillo por día, con tiempo para caminar por los senderos que los rodean y hablar con los guías locales.
Las rutas de senderismo fueron el descubrimiento de la semana. El sendero que une La Roque-Gageac con el jardín exótico, por ejemplo, se recorre en dos horas y ofrece una perspectiva del pueblo que no se ve desde la carretera. Llevar agua y calzado firme es imprescindible, porque los desniveles engañan. También aprendimos que los mapas en papel siguen siendo más fiables que el móvil en varias zonas del valle, donde la señal desaparece sin aviso.
Entrevistas y oficios
Las conversaciones con los artesanos fueron el corazón del trabajo. Pasamos una tarde entera con un ceramista de Eymet que explicó cómo el barro de la región cambia de color según la temporada. Otra mañana, un quesero de Bergerac nos mostró el proceso de afinado de sus cabras, un oficio que aprendió de su padre y que ahora enseña a su hija. Estas entrevistas no siguieron un guion rígido; simplemente dejamos que cada persona contara su historia a su ritmo.
La semana terminó con una conclusión práctica: el Périgord no se recorre, se habita. Cada pueblo tiene su ritmo, sus horarios de mercado y sus fiestas patronales. Para el próximo número, ya tenemos una lista de temas pendientes: la vendimia en Monbazillac, los talleres de cestería en Belvès y una ruta a pie por los valles del norte. La primera semana nos sirvió para entender que la mejor manera de contar esta región es volver una y otra vez.